amor meu


para que te acuestes tranquila
apagaré todo el estruendo afuera

borraré los gritos y las banderas
-las pintaremos de colores-
esconderé las cacerolas,
el helicóptero,
las porras, los golpes,
los cascos negros tan negros
y los señores de traje y palabras tan huecas

tu escuela tomada el domingo más triste

para que te acuestes tranquila
te cogeré de la mano,
leeremos juntas a Alicia
con palabras bajitas, con la voz muy muy lenta
y haré con calma tu trenza antes de ir a dormir

amor meu, para que te acuestes tranquila
leeremos juntas a Alicia,
que siempre supo -como nosotras-
que el de las maravillas
era el único país en el que quería vivir


* Foto del cuadro Madre joven contemplando a su hija dormida, de Albert Anker (1875)

mujer abismo


las mujeres abismo
son como de cristal,
se rompen muy fácil,
y una mala caída
puede venir cualquier día
desde el mismísimo cielo

-y hacerte añicos-

y yo me caigo seguro,
que se me va la vista de golpe
y me pierdo,
y me pierden,
            y ya luego 
nunca más me encuentro


*Retrato doble, de Dora Maar (1930).

lluvia

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cae para ti esta lluvia de mañana
-ligera-
se derrama lenta porque
sabe que te limpia el alma
desplomándose
sobre la ciudad aun dormida
sin hacer apenas ruido

sabe que cayó como nunca
el día que viste la luz
en la tierra del agua

y es hermosa
-dicen algunos al verla caer
arrastrando todo lo inerte-
y sonríen porque creen que es de ellos
esta riqueza telúrica y líquida

pero yo sé que hoy cae para ti
esta tormenta ligera,
que no es de ellos,
ni de mi,
ni de nadie más que
del que se queda deslumbrado -mirándola-,
del que desaparece
perdido entre las brumas
buscando el infinito
en un mundo terriblemente finito


*Tormenta de lluvia sobre el mar, de John Constable (1824-1828).

silencio

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la estrella de la muerte
tiene cinco puntas
que se clavan en la espalda,
en los ojos pasmados,
en la boca abierta del grito,
en lo más hondo del corazón

afiladas como cuchillos traen consigo
el ruido infame del miedo y el caos;
y perforada la piel,
sobran ya las palabras,
incluso las de este poema
escritas a modo de lágrima,
de vómito ácido

salir a buscar el silencio es la clave,
encontrarlo -donde sea- obligada misión,
retenerlo, sujetarlo fuerte
contra estos cuerpos nuestros
que se están quedando ya fríos
de ver tanto horror sin
poder siquiera llegar a sentirlo


*Pintura de Anthony Pilley (1984)

arlequín

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negra la lágrima que desciende -recta-
dibujando un fino
arañazo en mi cara,
una marca que apenas se ve
pero que parte en dos este alma gastada

dos bloques de mármol dentro del cuerpo de piel y de huesos

tristeza
línea vertical, profunda, viscosa,
que añade una imperceptible huella a esta piel ajada,
afuera el denso color
adentro la ruina

claridad
grieta profunda
en la que penetra la luz
deslumbrando al dolor, 
abrazando de nuevo a la vida

humo

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sin certezas marchamos,
temblorosos,
por callejones mal iluminados

solo la línea recta, severa, del tiempo avanzando

vasto ejército de soledades vagando perdido
en busca de algo a lo que aferrarse
para no caer,
mas las paredes son lisas
 y el suelo está inclinado

los cuerpos son de mentira,
las almas huelen a humo,
de un solo soplido vuela todo dejando el vacío

sucedáneos de todo lo que trasciende,
quedó muy lejos el arte
-cuando la palabra aún quería decir arte-
a eones de tiempo el amor,
muy lejos la vida quieta

solo el humo queda
y el vacío intacto
de una humanidad
sin una sola certeza

desván

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un bebé llora un llanto amargo
que atraviesa la estructura entera del edificio
y llega hasta mí con su pequeña angustia intacta

recorre cimientos, vigas, tabiques y
se mete en las frías tuberías que ascienden,
verticales, hasta mi casa alta de cielo

pero solo el volumen se pierde por el camino

el dolor se filtra por la materia gris
de estas paredes, de este cerebro ajado,
y me agarra con la fuerza de aquellas cadenas frías
que sujetaron mis entrañas a las paredes húmedas
del hondo desván en el que mi inocencia desaparecería

pequeña

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he abrazado todos tus cuerpos
tus pies, tu torso, tu rostro claro

pequeña, siempre pequeña,
aunque ya no me den los brazos
he adaptado todas tus formas

la que salió azulada de mi vientre
y la que hoy me supera
en destreza, en sensibilidad, en belleza,
la que crece sin mesura
desafiando al tiempo y al todo,
poniendo a prueba al mismísimo cielo
que tampoco sabe con certeza
hasta donde vas a llegar

pequeña, siempre pequeña,
he adaptado todas tus formas
para poder cogerte entera
y transformarme contigo -sin fin-

el día que no me den los abrazos
otra forma mía te cubrirá
y entenderás que la paz estaba ahí,
entre los pliegues de esta capa invisible
que nunca -nunca- se va a despegar de ti


* Imagen de un cuadro de Eugène Carrière (1849-1906)