abismo

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en este tiempo de desencanto
yo me pregunto, y pregunto,
donde se agarran tus manos
para no caer al abismo que tenemos
bajo estos pies desnudos,
en el después de estos días

yo cuelgo de las trenzas de ella
de la ternura de él
o del ala de tu sombrero viejo

pero a veces, si resbalan mis manos,
me precipito sola
cabeza abajo, veloz,
en una caída violenta
que me deja expuesta,
fragmentada en mil esquirlas afiladas
que se clavan y te hacen sangrar

y no escucho nada
y apenas veo nublado
y ya no me muevo

en este tiempo de soledad compartida
yo me pregunto, y pregunto,
donde se agarran tus manos
para no caer a este abismo
celeste, inmenso, abisal,
que solo algunos habitan
pero que todos habrán de probar

una sombra blanca

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tengo una sombra blanca
con ojos de diablo

pequeña como un zapato,
ácida como el limón,
suave como tocarte esa piel blanca y lisa
que se pega a mis manos, a mi boca

tiene la dulzura
de las cosas pequeñas
y la rabia del instinto animal,
la pureza de lo que no es humano,
es salvaje como el deseo carnal

organismo leve y tierno que de noche
no se mueve, sino que se dispara,
llena la casa que habito
de líneas invisibles de energía blanca,
como esa que se te escapa
cada vez que te mueves

minúsculo huracán, descompone
el espacio
en -mil-
-fragmentos- de luz
que ayudan a ver claro
tras largas horas de azul


* Foto del cuadro Blancas sombras, de Esperanza León.

desaparecerte

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alejándome de ti
asumo que no hay distancia
lo suficientemente ancha
para lograr que dejes de existir

omnipresente en todos los minutos
apareces y desapareces
como una exhalación,
soplando mi nuca desnuda
en cualquier callejón,
en cada portal,
en todo momento

recordándome que no te vas a ir

eres aliento de aire gélido
arrastrando el sosiego
que tanto me costó ganar

tantas veces he acabado contigo,
tantas horas te he lanzando al olvido,
tanto tiempo he intentado
arrinconarte
esconderte
taparte
desaparecerte

pero nunca te vas

y a menudo vuelves
y siempre
- estás -

*Imagen del cuadro Golconda, de René Magritte (1953).

nunca

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nunca quisieron quererse
así que lo hicieron a ratos,
en lugares y en cuerpos distintos,
en tiempos que nunca fueron el mismo

no querían quererse
pero -a veces- se les venía encima
y se llevaba por delante
las certezas, el calor,
el amor propio también

al tiempo regresaban,
            entonces

simulaban ser seres invictos
que no querían quererse,
pero -desprevenidos- se dejaban
la puerta entreabierta
y entraba sigiloso -traidor-
hasta el fondo

no, nunca,
nunca quisieron quererse,
por eso fue fácil dejarlo morir
sin tener que luchar
por algo que ni siquiera había existido


* Imagen del cuadro Los amantes, de René Magritte (1928)

en el cielo rojo

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cielo de fuego
después de la luna grande

anoche la luna blanca 
se comió el cielo entero
y parte de una ciudad 
que yacía callada, inerte,
y antes del amanecer
los rojos ya habían empezado
a colarse por las rendijas de mis balcones

se han metido hasta el pasillo
y la casa ha empezado a arder
lenta, como la fiebre que me da
cada vez que te pienso;
misteriosa, como esa manera
que tienes de estar en el mundo;
e implacable, como la forma
en que me robaste 
los días, el hambre y el sueño
poco antes del huracán
que se lo llevó todo

por la ventana las chimeneas se ven quietas
pero de arriba desciende un calor intenso
de devorarlo todo paso a paso,
fuego a fuego, silencio a silencio

ya no humean los cuerpos
pero este calor sofocante
unas veces abriga 
y otras veces ahoga


*Imagen del cuadro Les amants au ciel rouge, de Marc Chagall (1950).

una extensión de la mano

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al principio escribía
para matar el tiempo
-masa gris azulada
que nunca se muere-

luego llegó la necesidad
de rellenar el vacío,
pero solo salían palabras huecas
infladas -como globos-
de una sustancia invisible
que no se podía tocar

entonces empezó a hacerlo
para romper el silencio:
escribir era un grito sordo
en mitad de una nada
repleta de seres
que no escuchan nada

la pluma se convirtió
en una extensión de la mano;
los versos en trozos de tiempo
que se podía tocar;
la tinta era el resultado
de una verdad líquida y oculta
que se revelaba al derramarse
sobre el papel blanco,
sobre esta pantalla negra

así que siguió escribiendo
aunque ya no sabía por qué

y acabó por hacerlo
-solo-
porque ya
no sabía no hacerlo

la náusea

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apareció y ella empezó
a vomitar todas las palabras
que habían estado revueltas
en un deshabitado rincón
de su estómago

las escupía en forma de versos
que al principio manchaban
el papel con tinta roja
de sangre, de corazón, de deseo

salían desordenadas y espesas
pero al reescribirlas
cambiaban de forma
y se tornaban en blanco
de vida, de luz, de pureza

el tiempo las fue oscureciendo
y acabaron ennegrecidas
como la noche cerrada,
completamente cubiertas de hollín

el estómago se cerraba,
los pulmones se taponaban,  
pero el vómito ya nunca cesó

era un negro opaco, denso
que se podía tocar,
que aplastaba los pulmones
y ahogaba cualquier
ocasión de respiro

era un negro de sombra
de muerte, de decepción, de tristeza


Foto: Laysha Lasombra